En Freud y la escena de la escritura, Derrida ejecuta una de sus tantas experiencias de lectura deconstructiva sobre uno de los textos históricos del psicoanálisis: Nota sobre la pizarra mágica. En este ensayo, Freud narra su descubrimiento en el mercado de un juguete infantil: una pizarra donde se traza con un buril sobre una superficie que posee la propiedad de borrarse repetidamente y curiosamente conserva a la vez la facultad de retener, a su manera, lo borrado. Este ejemplo -quizás incluso metáfora- del aparato psíquico que en esos momentos le parece poder determinar en primera instancia como una suerte de máquina. Este hallazgo le merece a Derrida una primera nota de atención, no sólo por el carácter artefactual que concede al psiquismo, sino por lo marcadamente fortuito del encuentro que se adecua perfectamente al objeto de análisis. Pero ¿qué tan azarosos pueden ser un mercado, un juguete infantil, un artilugio técnico?, ¿qué tan adecuados y a la vez “desiguales” o “retardados” como metáfora del discurso y vocabulario psicoanalíticos? Para explorar estas preguntas, este libro trabaja la contigüidad, escritura y psique. Si la psique es texto escrito, el sujeto habita en la tensión de uno entre: entre la herencia y lo por venir. Este entre devela una temporalidad sui géneris donde los tiempos pasado, presente y futuro se mezclan y se funden. El psicoanálisis, por lo tanto, se desvela como una clínica que es reescrituración del tejido de huellas mnémicas. ¿Qué significa esto? Que el trágico destino de un sujeto que parecía ya asignado puede rediseñarse. Para decirlo rápido: el psicoanálisis descubre para el sujeto posibilidades más allá de aquellas que la historia hacía ver como insuperables. Rosaura Martínez Ruiz es doctora en filosofía por la UNAM y maestra en filosofía por The School University de Nueva York.
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